
Hay quien lamenta la desaparición de una identidad nacional; pero también hay quien mira al futuro y lo que ve es esa identidad simplemente transformada. Y de algún modo, resulta absurdo que cada día sea más fácil entablar amistad con otro ser humano aunque esté a 3.000 kilómetros de distancia, y que alguien pretenda, al mismo tiempo, que ese acercamiento no se note en su barrio. No solo las nuevas tecnologías claro, son muchos los motivos que se escoden detrás de cada desplazamiento. Y quizás el primero sea la propia naturaleza curiosa y aventurera del ser humano. Nunca supimos estarnos quietos.
Detrás de esa cacareada realidad multicultural, cada día más presente más allá de las grandes ciudades, lo que hay son historias humanas. Seres que se conocieron por el chat; que vieron otro paisaje por televisión; que escucharon hablar a un primo que partió primero; que se enamoraron fuera de sus fronteras. De esas fronteras que cada vez son más políticas y menos culturales.
En España en 2005, el 17,6% de los niños nacidos tenían al menos, un progenitor extranjero. Esos niños alcanzan ahora la educación obligatoria, y será en la escuela donde aprendan a convivir y a no extrañarse ante la diferencia. Pero probablemente también sean ellos, y aquellos cuyos padres son ambos de otro país, y que mezclan al crecer las costumbres de su hogar y las de la calle sin inmutarse, los que enseñen a la sociedad la riqueza de lo diverso. Nosotros los hemos llamado la generación GuinGuinBali.
Es difícil saber qué futuro le espera a esta región del mundo; pero a nosotros la presencia de estos niños, de raíces lejanas, de cultura mezcladas, de sabores, afectos y colores cogidos de ambas orillas, nos invita al optimismo.
Guinguinbali quiere contar cómo es la vida de esta nueva generación. Empezamos con tres familias que viven en Canarias. Pronto visitaremos otros lugares.
