Donde hasta la mitad del siglo XX se encontraba un oasis lleno de patos silvestres, en la actualidad se extiende un desierto de unos cuatro kilómetros de extensión, formado por gigantescas dunas de arena, acumuladas a consecuencia de la sedimentación marina. Es una especie de Sahara que deslumbra a los turistas en las noches de luna llena, pues allí pueden olvidarse del mundo y contemplar el cielo estrellado acompañados de contadores de historias antiguas, violinistas, guitarristas y cantores de mornas, el estilo musical más emblemático de Cabo Verde, que nació en Boa Vista y que es el reflejo de los suspiros de este pueblo sencillo, gentil y hospitalario que no conoce el término “extranjero”.
En los pintorescos pueblos del norte se puede sentir todo esto. Es habitual que el visitante escuche allí las “tocatinas” improvisadas en las puertas de las casas o los recuerdos de vidas marcadas por la emigración en busca de una vida mejor, los amores y los desamores, así como los problemas sufridos por quienes se quedaron y soportaron los rigores del aislamiento.
João Galego, Fundo das Figueiras y Cabeça dos Tafares son lugares de visita obligatorios en Boa Vista. Pueblos tranquilos donde sus pocos habitantes, pese a la escasez de agua, intentan con obstinación mantener la que fue en tiempos pasados su principal actividad económica, la ganadería y la agricultura.
Los pueblos del norte son una verdadera prueba viva de la riqueza cultural de la Isla, que ha sobrevivido a la desertificación y a las cíclicas sequías que han afectado a Boa Vista. Aquí no hay empleo y cada uno se va buscando la vida. Muchas familias encuentran su sustento en el famoso queso de cabra producido allí, un ex-libris gastronómico con el sello de Boa Vista.
La mayor parte de la población vive en la capital, Sal Rei, que alberga en la actualidad una gran mezcla cultural. Sus 3.000 habitantes nativos se mezclan con la gente venida de todos los rincones de Europa, que llegaron con mochilas y maletas a la busca de oportunidades en el negocio turístico, el nuevo El Dorado de Cabo Verde, o para encontrar aquí una calidad y un sentido de la vida muy diferentes al que tienen en Europa.
Son muchos los casos de personas que rompieron totalmente con el mundo en el que nacieron y que ahora llaman su casa a esta isla. También son importantes las comunidades guineana y senegalesa, que navegaron hasta Boa Vista y que trabajan sobre todo en la construcción civil de los hoteles de la Isla. La imposibilidad de construir un futuro en sus países, la huída de la pobreza y la inestabilidad en sus países ha hecho que encontraran en Cabo Verde una puerta de entrada para una vida más digna.
Sal Rei se convirtió en la capital de la isla entre los siglos XVII y XVIII, a la sombra de la nueva industria de extracción de sal de alta calidad que se exportó hasta el siglo XIX y que llegó a hacer que la ciudad llegase a ser propuesta como capital de Cabo Verde. Hoy en día es una ciudad de casitas de colores de clara inspiración europea con algunas muestras de un rico pasado comercial, de cuando la isla exportaba sal, telas, algodón, ganado, cal y cerámica. Se trata de una ciudad acogedora, capital del municipio, que crece ahora a un ritmo vertiginoso gracias a la inversión en el sector turístico.


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