-Hace ya 25 años que usted se interesa por el arte contemporáneo africano. ¿Cómo ha evolucionado el fenómeno de tener en consideración esta creación y su presencia en el mercado del arte?
- La exposición los Hechiceros de la Tierra, que se celebró en Pompidou en 1989, permitió la revelación de algunos artistas como Chéri Samba, Bodys Isek Kingelez y Frédéric Bruly Brouabré, que expuse en este espacio. Otros como Romuald Hazoumé, Abu Bakarr Mansaray, Billie Zangewa…eran aún demasiado jóvenes.
Pigozzi se emocionó con esta exposición. En esta época, él compraba obras de Basquiat o Wharhol, como todos sus amigos pudientes. Cuando vio los Hechiceros de la Tierra, quiso crear una colección que nadie pudiera tener. Lo pusieron en contacto conmigo y me preguntó cuáles eran mis proyectos. Le dije que mi sueño era seguir esta búsqueda que había comenzado tres años antes con los Hechiceros y el me dio carta blanca.
Veinte años después la colección ha sido enriquecida con 12.000 fotografías, pinturas, esculturas, instalaciones, videos, diseños… provenientes de una sesentena de artistas africanos que viven y trabajan en el África Negra y que hemos mostrado en casi 200 museos de todo el mundo. Durante cerca de 20 años hemos estado casi solos para crear esta colección. Lo hemos comprado casi todo. Pues yo me dije a mi mismo que esto bastaría. Hemos mostrado estos artistas en todos los sitios y hay muchos coleccionistas que quieren acceder a estos creadores que no ven en el mercado. Ahora yo quiero hacerles venir.
En cuanto a la evolución de estos artistas, la obra de Samba por ejemplo, se ha hecho más precisa, entre lo que hacía al principio de los años setenta en Kinshasa y la exposición J’aime Chéri Samba (Yo amo al querido Samba), en la Fundación Cartier en 2004, que lo ha consolidado en la escena internacional. Al principio, los europeos instalados en Kinshasa compraban sus obras muy baratas y Samba hacía los cuadros por la suma que ellos le proponían. Cuando comencé a comprarle obras le dije que yo prefería comprarle sus cuadros veinte veces más caros pero que él los hiciera a su ritmo, con la precisión que deseara. Sus cuadros de los años 70 y de los 80 no pueden compararse.
- ¿Usted se ha comportado con la colección Pigozzi, sobre todo, como un mecenas?
- No sé si podríamos llamar a esto mecenazgo. Han sido más compras de coleccionista que mecenazgo. Dándole más dinero le hemos dado la tranquilidad financiera que le ha permitido desarrollarse. Si sus obras valían de 2 a 3000 dólares en los años ochenta, ahora han alcanzado precios que oscilan entre los 50 y 70.000 dólares.
He hecho lo mismo con Hazoumé por ejemplo. Cuando lo conocí, hace 19 años, él vendía sus máscaras a 1.000 francos. Durante la primera exposición de vi de él en Bénin, en el Centro Cultural Francés, le dije que me negaba a pagar ese precio. Le compré a 3000 francos la pieza y sus instalaciones valen hoy 300.000 euros.
- ¿Cuál es hoy la actitud del mercado en relación a la creación africana? ¿Hay más coleccionistas?
- Durante mucho tiempo, sólo estaban Pigozzi y Hans Bogatzke, y la colección adquirida por el congo-angoleño Sindika Dokolo. Había coleccionistas occidentales en países como Congo, Kenia, Tanzania, pero sus colecciones no abarcaban a la totalidad del África Negra.
Hoy la demanda es considerable gracias a las exposiciones que he organizado en el Guggenheim, Houston, la Fundación Cartier…Muchos coleccionistas suizos, franceses, ingleses, alemanes y, sobre todo, italianos además de algunos americanos se interesan por estos artistas.
- Sin embargo, ¿no se trata siempre de los mismos artistas?
- Yo muestro los artistas que me interesan. Hay miles de artistas en el África Negra, pero no para mí, yo trabajo con aquellos que me gustan. Me han reprochado mucho que favorezco a una treintena de artistas pero siempre respondo que no tengo ningún deber de exhaustividad. Yo no estoy para hacer « desarrollomentalismo ». Mi lucha es tanto estética como política pero no en ese sentido.
- ¿Y también defiende a los jóvenes artistas, si tiene una corazonada?
- Sí, por ejemplo, un joven congolés, que no he mostrado aquí, Pathy Tsindhele. Te puedo citar también a Kura Somali y Kiripi Katembo Siku, otros dos congoleses de la RDC, o la fotógrafa sudafricana Nontsikélélo Veleko.
- ¿Está perdiendo fuerza la difusión de la creación africana?
- No, se está produciendo lo contrario. Hoy tenemos muchísimos proyectos: acabamos de inaugurar una exposición en febrero en Lausana de Ataa Oko y de Frédéric Bruly Brouabré, a la cual la Tate Modern va a dedicar una sala y hemos preparado una gran exposición en Moscú en «Garage ». Hay también un proyecto de Fundación en relación con la colección Pigozzi, y el Guggenheim de Abou Dhabi ha encargado una escultura monumental de Kingelez, que será instalada en el hall del museo.
Por otra parte, Artcurial, Simon de Pury, Sotheby’s y Christie’s preparan ventas africanas, y cada cierto tiempo hay galerías como Agnès B., con la que trabajo desde hace casi 20 años, la galería 51 en Bélgica y Gagosian en New York que exponen artistas africanos.
- Entonces, ¿usted trabaja siempre con Pigozzi?
- Sí, pero no quiero que sea el único que esté en contacto con estos artistas. Gracias a él ha habido un inmenso interés por el arte africano contemporáneo, pero actualmente es bueno que estos artistas sean visibles en otras colecciones.
- ¿Qué consejo le daría a un inversor?
- Los coleccionistas con los que trabajo son más apasionados del arte que especuladores, pero hay espacio de sobra para la especulación. Cuando compras un bellísimo Samba a 50.000 euros, el margen de progresión es muy importante. Sobre todo en la pintura.
Los artistas africanos son grandes artistas, y los únicos que son todavía accesibles. Los chinos ya son muy caros, pero los africanos aún no, porque no hay estructuras en el continente, no hay museos, coleccionistas o galerías. Ésta es, sin duda, es la razón por la que no tienen una gran visibilidad en el mercado internacional.


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