Estas tensiones, exasperadas por el actual debate sobre la “identidad nacional” y la prohibición de la burka, se reflejan en las relaciones ambiguas que París mantiene con África y con su propia diáspora africana.
Como canta el músico marfileño Tikken Jah Fakoly, “después de la abolición de la esclavitud, crearon la colonización, cuando encontramos la solución, crearon la cooperación, como denunciamos esta situación, crearon la mundialización…”. Para muchos, si las independencias africanas marcaron un antes y un después, no alteraron los lazos de subordinación ni afectaron los intereses -económicos, políticos y militares- de la metrópoli con sus antiguas colonias. Si algunos, en torno al ex ministro del Interior Charles Pasqua, justificaron las intervenciones de la clase política francesa en África y sus relaciones con las elites africanas como parte de la estrategia anticomunista de los países de la OTAN en el continente, este entramado de redes e intereses comunes ha sido criticado entre otros por la Asociación Survie, actualmente presidida por Odile Tobner, la viuda del escritor camerunés Mongo Beti, y por uno de sus miembros más destacados, el fallecido François-Xavier Verschaves, autor de La Françafrique, el escándalo más grande de la República (Stock, 1998).
Pero París ha sido y sigue siendo un lugar de encuentro y de reflexión, donde se fraguaron las independencias africanas en el barrio de Saint Germain, el “primer territorio liberado del yugo colonial”, según el poeta beninés Paulin Joachim, con la creación de la editorial Présence Africaine y la invención del concepto de “Negritud” por Senghor, Césaire y Gontran Dumas.
París, y más allá, Francia, sigue siendo un lugar de acogida para muchos escritores africanos como Calixthe Beyala, Jean-Roger Essomba, Tahar Ben Jelloun, Yasmina Khadra – seudónimo femenino de un ex comandante del ejército argelino- o Alain Mabanckou, premio Renaudot 2009, que denunció el verano pasado, en el periódico Libération, la política francesa de visados hacia los artistas africanos: “¿si los artistas y los intelectuales que viven en África, arriesgando su vida para algunos, están siendo silenciados por culpa de una gestión ciega de la inmigración, qué pasa entonces con el diálogo de las culturas y la diversidad cultural?”
Ahí volvemos al debate en curso sobre la identidad nacional, liderado por Éric Besson, un personaje tan complejo como la cuestión que plantea. Ex socialista nacido en Tánger (Marruecos), es el actual ministro de la Inmigración y de la identidad nacional del gobierno de Sarkozy (de derechas), y el ex marido de Sylvie Brunel, una geógrafa famosa por sus libros sobre el hambre y las políticas de desarrollo en África, que acaba de publicar, después de su separación, un Manual de guerrilla para las Mujeres (Grasset & Fasquelle, 2009).
Pero más allá de los debates, l’Afrique sur Seine -nombre de la primera película africana francófona, rodada en París en 1955-, es decir, la presencia de los africanos en la capital francesa, dibuja un mapa complejo entre los barrios orientales –Ménilmontant, Couronnes, Belleville, République- , el norte -Barbés, Château Rouge, la Goute d’Or, Porte de la Chapelle– y el oeste de París, donde se ubica, además de las embajadas y del Museo Dapper, el polémico museo del Quai Branly, que reúne, cerca de la sede del Ministerio de Exteriores, las colecciones africanas de los fondos museísticos franceses, empleando una escenografía semi-oscura, más teatral que museal, donde el visitante se adentra en el subconsciente africano de Francia.
Welcome to Paris, una ciudad llena de paradojas, donde la palabra África es tan picante como su gastronomía, que se puede saborear en muchos restaurantes como el Godjo, especializado en comida etiope, 8, rue de l’École Polytechnique (metro Cardinal Lemoine). Y de eso se trata. De la africanidad de París, de la fascinación mutua de los franceses y de los africanos, de una ciudad que fue capital de un imperio colonial y al mismo tiempo un refugio para sus contrincantes. Paris je t’aime, moi non plus.


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