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Sociedad

SOCIEDAD

Sentirse (un poquito) migrante

ALBERTO GUTIÉRREZ SOUZA

Nuakchot (Mauritania)24/07/2015

Con mi Tarjeta de Residencia mauritana caducada (oficialmente, un "sin papeles") y, por ello, ante la imposibilidad de salir del país (y, en veinte días, nos vamos de vacaciones), esta semana nos fuimos, mi pareja y yo, a una de las dos únicas oficinas de Nuakchot donde realizan este trámite administrativo. Dos buenos amigos ("tubabs" = blancos, occidentales, como yo) ya me habían contado su desesperante experiencia. Allí nos presentamos el jueves, a las 8 de la mañana, día para el que nos habían dado cita. Mis amigos me habían recomendado madrugar más. Después, lamentaría no haberles hecho caso. Cuando llegamos, en la cola de hombres, ya había una buena cuarentena de personas delante de mí. Prácticamente todos, negros (Senegal, Gambia, Malí,..); algún que otro asiático y magrebí. Los primeros de la fila habían pasado toda la noche allí, otros habían ido llegando poco a poco a lo largo de ella. Una buena mayoría era el tercer o cuarto día que lo intentaban.

Poco a poco, iba pasando el tiempo y, con él, el calor aumentaba. La fila está en la calle, a pleno sol, y no hay ningún lugar de sombra, ni ningún banco para sentarse. A una hora ya no tan tempranera, y cuando la oficina está ya abierta, empiezan a llegar más extranjeros, de esos que tienen “otro estatus”, acompañados de un “intermediario” mauritano y que, sin ningún tipo de vergüenza ni reparo, pasan por delante de la cola y entran directamente al edificio: algún europeo de la empresa privada, un grupo de chinos, una buena decena de barbudos islamistas…

La mañana va pasando y yo voy conociendo a mis compañeros de fila, una fila que apenas avanza. Ousmane, gambiano corpulento, sonriente y parlanchín, me cuenta su pasado de trabajo en las minas de oro y diamantes de Sierra Leona; su savoir faire en el trato con occidentales y su enorme deseo de llegar a Europa. Lo intentó tres veces. Siempre por avión. La muerte en el intento de varios amigos, ahogados en esa fosa común que se extiende desde el Atlántico de África Occidental hasta las costas de Libia, hizo que los suyos hayan sido siempre por avión. Dos mil euros para pasaje de avión y visado falsificado. Una de las veces llegó a pisar el aeropuerto Charles de Gaulle, en París. La más exitosa de ellas le permitió pasar una semana en Londres, aventura que terminó cuando la policía lo detectó con sus papeles falsos en la calle.

Como él, el resto de mis compañeros de fila no necesitan la tarjeta para irse de vacaciones con su familia. La necesitan para vivir tranquilos y poder ganarse la vida como albañiles, taxistas… A ellos, los detiene la policía mauritana en sus redadas habituales en los barrios de Cinquième y Sixième. Al no tener la tarjeta de residencia, o tenerla caducada, se los llevan arrestados a los calabozos de la comisaría, un lugar sucio y realmente inhumano. Allí, esperarán el tiempo que su familia y amigos tarden en recolectar las 20.000 ouguiya (unos 55 €, 2/3 del sueldo mensual de muchos de ellos) para pagar el soborno impuesto por el policía al mando para que les deje libres. Quien no consiga ese dinero en unos cuantos días será expulsado a la frontera con Senegal. 

Es el día a día para ellos, cuyos rostros reflejan agotamiento y hartazgo, pero también sumisión y sometimiento, sabiendo que no hay otra opción que la espera en esa cola que apenas avanza. Aunque esta espera pueda resultar, una vez más, infructuosa.

Avanza la cola de mujeres. Mi pareja consigue hacer los trámites. Avanza la cola de hombres. Solo entran unas 40 personas y ya han pasado cuatro horas desde que abrieron la oficina. El guardia nos anuncia que nos podemos ir a casa. Ya no entran más. Le pregunto y me insiste: “Ven mañana a las seis de la mañana”. A Ousmane, quien había estado bromeando con él, le dice algo al oído que parece dejarle contento.

Mis compañeros se marcharán a casa con el miedo a ser detenidos en su camino de vuelta.

Al día siguiente, cuando llego, un poco antes de las 6 de la mañana, ya había 34 personas delante de mí. Está oscuro y el guardia nos manda hacer una fila, como si estuviéramos en la escuela, en el servicio militar o, más bien, en la cárcel (él pertenece al cuerpo militar que vigila las prisiones en Mauritania). Veo a Ousmane cerca de él, delante de una de las tienditas de fotocopias que funcionan como tapadera para los “facilitadores” (personas a las que pagas y te cuelan) y de lugar de descanso del guardia mientras la oficina no abre. Allí, prepara el té para él y el resto de “electrones” que rodean a ese “átomo” vestido de uniforme caqui. Parece que su coqueteo con el guardián del día anterior dio resultados: se ganó la gracia de ser uno de sus asistentes y poder, así, pasar de los primeros de la fila.

Van pasando los minutos y mi figura destaca en la fila, pues soy el único blanco y, además, con una pequeña sillita de camping, agua camuflada (porque estamos en ramadán), gorra y khauli para combatir el sol. En un momento dado, el guardia me hace señas desde lejos, con sus habituales modales, y me dice (más bien, me ordena) que me cambie de posición. Me mete de séptimo. Avergonzado y dubitativo ante mis compañeros de fila, acepto. Y me desplazo ante esa posición, sin levantar la mirada del suelo. Sabiendo que, si no lo hago, me quedo sin trámites (además, hoy es viernes, día de oración, y cierran antes), traicionando el principio de “ser uno más”. Mis compañeros no rechistan y son pocas las caras de desprecio hacia mí, pues casi entra en su (i)lógica que al tubab lo cuelen. De hecho, para todos allí, yo estoy un poco fuera de lugar.

Me instalo y paso minutos en silencio. Pero no puedo evitar comenzar a conversar con ellos y, con el tiempo, pedirles (un) perdón (sincero) a mis compañeros cercanos. Reflexionando y debatiendo sobre la tremenda injusticia y la falta de consideración al mantener este desorden para la realización de lo que debería ser un simple trámite administrativo. Con el objetivo, también, de hacer para todos menos larga una espera que, como el día anterior, comienza a ser castigada por el calor y la humedad. Como en tantas otras ocasiones aquí, la humanidad en el trato (es de lo poco que) nos iguala.

Por fin, nos meten dentro del recinto. Un primer cambio que, además de ponernos a la sombra, anuncia que haremos ese día los trámites. Ousmane y el resto de compañeros sonreímos tranquilos. Como si una primera batalla estuviera ganada.

Pero la sonrisa de Ousmane tornará en desesperación unos minutos más tarde, delante de la mujer responsable de la oficina. El carnet de identidad de su país no es aceptado, hay algún problema con él. Parece que es falso o está caducado. Él insiste, pide perdón. La mujer se niega a autorizarle el trámite de residencia mauritana. Los guardias lo sacan tranquilamente de la sala. Pero él se revuelve y se planta delante de la funcionaria. Se arrodilla: “Je vous suplique! Je vous suplique!”. Ahora, los guardias lo echan con menos amabilidad y se marcha moviendo la cabeza para los lados en un claro gesto de resignación desesperada.

Dos turnos más tarde, entro yo. La responsable de oficina me pregunta, con desprecio y sin mirarme a los ojos, mientras hace otras cosas, si tenía cita para ese día. Le respondo que ella misma me dio cita el martes para el jueves, día que pasé esperando en la cola hasta que el guardia me confirmó que no habría tiempo para mí ese día. “¡Ah! Entonces, no tienes cita para hoy”. Le repito el argumento, pero ella empieza a calentarse y me dice, elevando la voz, que no tiene tiempo que perder, que “hoy solo van a pasar las citas del viernes”, a lo que yo, en su mismo tono, repito mi argumento. Ella insiste, enfadada e inflexible. Los guardias, algo desconcertados, me invitan a marcharme, acompañándome a la salida.

Siento bloqueo y desesperación ante una situación de aleatoriedad que, al mismo tiempo, en el fondo,.no me extraña en absoluto (son ya casi 5 años viviendo aquí). Son las 9 y media y, después de madrugar y de casi 4 horas (y toda una mañana, el día anterior), vuelvo al punto de partida. Como si nada hubiera sucedido. Y me acuerdo de mis amigos y de sus tres días de agotadora gestión. Y de las pestes que echaron hacia el país (referidas, más bien, a la corrupción, a la desorganización de las estructuras del Estado, etc.).

Por mi cabeza pasa contactar con la Cónsul de España, con la Oficina Técnica de la Cooperación Española, con la Unión Europea, organismo este directamente relacionado con esta situación, pues es quien promovió y acordó con Mauritania la puesta en marcha del servicio de control de identidad biométrico, dentro de su política de “control migratorio”. Pero siento que todo eso sería inútil, nada operacional y sí muy frustrante. Pues corroboraría la falta de empatía y de alternativas. Después de 4 años de existencia de la Tarjeta, ellos deben de saber que esto pasa. Imagino que no les afecta, pues la mayoría cuentan con pasaportes de servicio. Por lo que es una realidad que solo molesta a “los de abajo” y a unos cuantos que, se puede decir, estamos “en el medio”.

Pienso, también, en contactar con la coordinadora de mi ONG en Madrid (que son quienes cubren mis gastos de residencia) para explicarle que, muy a mi pesar, habrá que recurrir a uno de esos “intermediarios”, pues necesito hacer esta gestión de manera urgente.

Ya en casa y charlando tranquilamente con mi pareja, caigo en la cuenta de que tengo que volver a pedir cita para el lunes. Para volver a empezar. Es tarde, queda poco para cerrar, pero vuelvo a la oficina.

Una vez en las puertas de la oficina, comento mis intenciones al guardia. En nuestro diálogo sobre lo que pasó anteriormente, me hace la siguiente sesuda reflexión: “Escucha, ella es una mujer. Y ya sabes cómo son las mujeres. A veces, se enfadan, sin motivos. Es mejor que le hables tranquilamente, si quieres conseguir algo”. Sin comentarios por mi parte. Desgraciadamente, no era la primera vez que escuchaba este tipo de “teoría”. Espero unos minutos hasta que la responsable de la oficina me recibe. Me siento y le comento, en tono muy relajado (rozando la sumisión), que vengo a pedir cita para el lunes o, si fuera posible, hacerlo hoy, porque acababa de ver a compañeros de fila que no tenían cita para hoy y que, aún así, realizaron su trámite. Ella niega que eso haya sido posible, sin ni siquiera disimular su gesto de estar mintiendo. Mientras sigo intentando convencerla, comienza a escribirme la autorización para realizar el trámite. Y me la da, con la condescendencia de quien regala un caramelo a un niño.

Solo me quedaba ir a la tesorería a pagar esos casi 80 euros (que suponen el sueldo mensual de muchos migrantes aquí) y esperar mi turno. Al salir de la sala, y cuando aún quedaban 20 minutos para el cierre oficial de la oficina, la funcionaria de la tesorería estaba ya cerrando su despacho. Con la inercia de mi conversación sosegada, y dirigiéndome a ella con una reiterada intercalación de “s´il vous plaît” (por favor), consigo que vuelva a entrar, encender la luces y, de nuevo, su ordenador, para registrar mi pago y darme el recibo que me permita continuar mi trámite.

Ya solo quedaba esperar para, por fin, realizar todo el trámite de registro de fotografía, huellas… y obtener el recibo para recoger mi Tarjeta.

Para mí, la pesadilla había terminado…
…o, más bien, terminará cuando tenga mi Tarjeta de Residencia en mis manos. ¿El viernes que viene? Insh´aláh! 

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