Guinguinbali
Septiembre 2, 2012

Las tormentas de África no tienen nombre

Las tormentas de África no tienen nombre. Esto es una atávica maldición. Por lo que parece, que te golpee una lluvia acompañada de fuertes vientos que se llama Isaac te hace merecedor de atención mediática, indemnizaciones y suspiros generalizados de solidaridad. Pero si la lluvia y las riadas y los derrumbes no tienen nombre es como si formaran parte de una suerte de sino maldito al que no vale la pena dedicar ni un segundo de nuestra civilizada preocupación.

Y eso que la muerte es la misma. En la comunidad rural de Diaoulé, los gemelos Adama y Awa Dialo, de cuatro años, y la pequeña Bineta, de un mes y medio, están tan muertos como los siete fallecidos que dejó tras de sí la tormenta Isaac en Luisiana. O el joven al que se llevó las aguas en Pikine. O los seis muertos en Touba, o las decenas de desaparecidos de Niamey. En total, más de setenta muertos sólo en Níger y Senegal. Por no hablar del medio millón de personas que se han quedado no sin luz, sino sin casa.

La diferencia es que si a unos los ha matado una tormenta con DNI, a los otros se los ha llevado por delante una lluvia estacional sin nombre que cuenta, como perfectos aliados, con la indiferencia y la miseria de un mundo mal repartido. Hoy ha vuelto a llover a manta en Senegal. Me levanto por la mañana con el estruendo del agua que veo caer en la calle y no puedo dejar de pensar en esos barrios y pueblos donde la gente estará, ahora mismo, intentando burlar a esta maldición sin nombre.

Ayer comentaba esta triste paradoja con un amigo. Y me decía "no sé de qué te sorprendes, esto es África". Pero no es sorpresa, es indignada confirmación que de vez en cuando conviene sacar de las catacumbas de uno mismo para nunca perder la perspectiva de que, en realidad y pese a lo que parece, setenta muertos son más que siete, aunque su muerte no tenga nombre ni merezca titulares en los periódicos.

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Agosto 15, 2012

El fuego

El fuego no es un accidente, no es una casualidad fruto del azar. Lo conocemos, lo conocemos muy bien. Un día, hace años ya, me encontré con él cara a cara en la isla de La Palma.  Iba y venía el fuego por las copas de los pinos y por el suelo mismo, lleno de pinocha y ramas caídas. Estaba de vacaciones y me atrapó. Quise verlo de cerca, fui imprudente y me atrapó como se coge a un animal en un cepo de esos antiguos. Me cortó el paso delante y atrás y corrí ladera abajo con el corazón en la boca y ese olor a quemado que te persigue varios días.


No soy el único. Qué va, ni mucho menos. En Canarias lo conocemos bien. Lo hemos visto tantas veces. Es un viejo conocido que aparece cada rato, cada verano, a veces apenas toca en la puerta pero en demasiadas ocasiones se mete hasta la cocina. Él también nos conoce a nosotros. Sabe de nuestra desidia, de nuestras miserias, de nuestro abandono fatal. Resignados, andamos ya por la vida con la cabeza agachada, el pensamiento en otra parte, asustados de nosotros mismos, de aquello en lo que nos hemos convertido y nos quieren convertir. Rodeados de basura y de gente extraña que sale por la tele y que nos mete la mano en el bolsillo todos los días. Así estamos, atenazados por el shock de la víctima.


Ni sabemos lo que tenemos. Garajonay es la magia, la fuerza, es un mensaje maravilloso que nos llega del pasado, un legado que tenemos la obligación de conservar y mantener intacto. Como muchos canarios, he aprendido a querer a este bosque, he descubierto sus rincones a cada paso, su frescor, su belleza. Quienes hayan estado allí me entenderán. He recorrido algo de mundo y les digo que es uno de los lugares más maravillosos que nunca pisé. 


Les confieso una cosa. Estoy lejos, vivo ahora en un país de baobabs, de bosques tropicales donde ahora, estos días, la lluvia llega sin avisar, cae en tromba repentina, y sigue su camino. Senegal se llama. Desde aquí, sigo la actualidad de Canarias a través de Internet. Pero hace días que no quiero saber, que se me pone un nudo en el estómago cuando me siento delante del ordenador. He visto las fotos, el gran trabajo de mis compañeros fotógrafos a pie de fuego, de Rafa, de Santiago, de todos, y es como una pena que se me pone dentro. Sólo busco y rebusco el titular que diga que el fuego está, al fin, extinguido. Y miro esta lluvia que cae sentado en la puerta de mi casa y me gustaría empujarla hacia La Gomera.


Pero el fuego sigue ahí, se retuerce, se esconde, se burla de nosotros, contempla risueño las peleas de aquellos en los que hemos delegado la responsabilidad de que esto no vuelva a ocurrir nunca más. Que si hidroaviones, que si llamadas telefónicas, que si fuiste tú. Sueño también con que se callen y hagan su trabajo. El daño que ya ha causado el fuego es enorme. Sí, se apagará un día. Porque los hombres y mujeres que se baten contra él están poniendo todo en el empeño. Pero volverá. Mientras no aprendamos que este fuego no es sino la extensión crepitante de nuestro propio abandono, el fuego volverá. 


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Junio 27, 2012

El nido de la felicidad


Rodeada de colinas, la ciudad de Bamako me recibe con una intensa pero corta lluvia. Tras un viaje de 34 horas en guagua desde Dakar, lleno de polvo del camino y suciedad, el agua me parece una bendición. He venido para hacer varios reportajes a un país partido en dos por la rebelión tuareg triunfante en el norte y donde sigue dictando las órdenes la junta militar que dio un golpe de estado el pasado 22 de marzo. Pero, como siempre, más allá de la política, la guerra, los pasillos del poder y los asuntos de Estado, en los rincones más alejados del foco informativo, lo que brillan son las personas. Por eso, esta es una historia de amor.

Hasta el barrio de Sangarebougou no llega el asfalto. Las calles son de tierra roja y piedras, surcadas de improvisados riachuelos en los que se mezclan las aguas fecales y la lluvia reciente. Aquí y allá, montañas de plásticos y desperdicios y casas a medio hacer y gente, mucha gente, que sobrevive a pesar de todo. En fin, un barrio más de esta inmensa aglomeración de casi dos millones de personas llamada Bamako, un lugar, como todos los lugares, en el que se juntan a partes iguales fracasos e ilusiones, sueños y frustración.

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Allí, en una de estas calles de tierra, hay un colegio privado de Primaria con nueve aulas, una por curso escolar, que se llama "El nido de la felicidad" en el que estudiaban, hasta hace unos meses, más de 500 niños. Es decir, entre 50 y 70 alumnos por aula. Dicho de otra manera, un montón. En la actualidad, la situación es aún peor. En sólo tres meses han llegado al colegio 200 niños más.

Fue a finales de marzo cuando la directora del centro, Moussamakan Keita, recibió una llamada telefónica. "Ha llegado un grupo de niños al barrio procedente del norte del país y necesitan escolarizarse para no perder el año", dijo la voz al otro lado del hilo telefónico. "Que vengan", dijo Moussoumakan. La voz se corrió. No todos los colegios estaban dispuestos a aceptar a estos recién llegados, así que "El nido de la felicidad" se convirtió pronto en un refugio. Al principio fueron veinte, luego cincuenta, finalmente unos doscientos. Y el espacio siguió siendo el mismo: nueve aulas, quince profesores.

Todos estos niños proceden de ciudades como Gao, Kidal y Tombuctú que a finales de marzo pasado cayeron en manos de grupos rebeldes tuaregs e islamistas. Sus familias decidieron abandonar entonces sus hogares en medio de abusos generalizados, saqueos, robos e incluso violaciones. Los hombres de Ansar Dine, un grupo armado islamista radical, comenzaron a aplicar una interpretación muy restrictiva de la sharia o ley islámica y prohíben desde entonces que se imparta filosofía en las escuelas o que las mujeres lleven pantalones o jugar al fútbol en la calle.

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Llegaron a Bamako con lo puesto. Y algunos sufrieron aquí desprecio y discriminación por ser norteños. "Nos trataban de terroristas", asegura Moussa Ag Intarga, que era profesor en Gao. Pero Moussoumakan no dudó ni un segundo. "Sólo son niños y todos somos malienses", asegura con una sonrisa. Y un último gesto. El colegio es privado y se financia de las cuotas que aportan las familias, 40.000 francos CFA al año por niño (unos 60 euros). Pero a los recién llegados no les cobran ni un franco CFA. "¿Cómo vamos a cobrarle después de lo que han sufrido? Se lo explicamos a los otros padres y todos lo entendieron", añade.

Pero más de 70 alumnos por aula es una locura, incluso para Sangarebougou. Así que entre Moussa Ag Intarga y ella misma han elaborado un proyecto para construir tres aulas más en un terreno anexo y contratar a cinco profesores más. "De esta manera podremos ofrecerles una educación de más calidad", asegura la directora.


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Damos un paseo por el centro. Realmente es pequeño. En Malí faltan escuelas. Cada año, el Estado intenta parchear construyendo nuevas aulas en los centros ya existentes, pero este país y en concreto esta ciudad, Bamako, tiene uno de los índices de crecimiento demográfico más grandes del mundo. Llegan miles de niños cada año al sistema. Y no existen centros concertados en el nivel de Primaria. O van a la pública, saturadísima, o tienen que acudir a la privada, también saturada. "Muchas familias no tienen recursos. No les podemos pedir el oro y el moro o que hagan más esfuerzos del que ya hacen", asegura Keita.

El proyecto de las tres nuevas aulas cuesta unos 7.700 euros y tanto Moussa como Moussoumakan confían en encontrar benefactores que puedan ayudarles a conseguir que "El nido de la felicidad" sea más nido y más feliz que nunca. Las personas que estén interesadas en el proyecto y quieran colaborar de alguna manera pueden ponerse en contacto con los promotores en el correo electrónico agintargabouba@live.fr

Artículo publicado en el blog África no es un país

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Junio 25, 2012

Nereo Cabello: "La tierra me persigue"

En 2007, Nereo Cabello se trajo a África 64 cabras de Tenerife, La Palma y Fuerteventura, sesenta hembras y dos machos. Y no les ha ido tan mal. Aunque algunas hembras han muerto, otras han parido con éxito. Y pese a haber vendido machos "para raza", en la actualidad la cabaña caprina de este palmero que lleva 23 años viviendo en el norte de Senegal es de 30 adultos y 20 baifos. Este es un retrato de Nereo, como le conoce todo el mundo en Saint Louis, el médico palmero que un buen día se metió a agricultor en Senegal porque, como dice él, "la tierra me persigue".

A Nereo no le gusta la prisa. Si no tienen tiempo, mejor no vayan a verlo. Todo lo hace con pachorra. Conducir, hablar, caminar. Es difícil imaginarle en la vorágine cotidiana de una gran capital. Pero no. Él vive en las afueras de Saint Louis, ciudad situada al norte de Senegal, y se pasa casi todo el día en su finca de Savoigne, a unos 40 kilómetros de la vida urbana, en pleno campo, tan alejado del ruido y las carreras como de la prima de riesgo y el rescate financiero.

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ació hace 62 años en Puntagorda (La Palma) y tras estudiar en Tenerife y Granada decidió que su mundo conocido se le había quedado chico. En 1975, con sólo 25 años y el título de Medicina bajo el brazo, se fue a un remoto rincón de Perú llamado San José de Sisa (departamento de San Martín) donde poder ejercer su profesión a su manera, en un centro público y en contacto directo con la gente.

Tras doce años de estancia en un lugar al que sólo se podía llegar en avioneta, Nereo regresó a Europa. Entre 1988 y 1989 se especializó en Medicina Tropical en Burdeos y allí entró en contacto con la ONG Médicos del Mundo que buscaba profesionales sanitarios para atender la crisis de refugiados que se produjo a consecuencia del conflicto entre Senegal y Mauritania.

Así que África fue su siguiente destino. "Mi vocación era la cooperación y África era mi sueño. Las cifras de médico por habitante de este continente eran catastróficas y yo quería aportar", asegura. Se estableció en Podor, en la ribera del río Senegal. "Había miles de refugiados, atendía a 30 o 40 pacientes al día", explica. Nereo Cabello se refiere a los mauritanos negros que fueron expulsados a Senegal por el gobierno de Nouakchott en el año 1989, lo que provocó una grave crisis entre ambos países.


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Tras su experiencia en el terreno de las emergencias, decidió quedarse en Senegal. "Saint Louis tenía un clima más agradable, había más facilidades y pensé que era un buen lugar", añade. Pero se topó con las restricciones legales a la instalación de médicos extranjeros y la idea de abrir una consulta privada se fue esfumando de su cabeza. Entonces miró al campo. "La tierra me persigue. Trabajé mucho con mi padre, que era agricultor, desde que tenía cinco o seis años". Un amigo senegalés le animó a pedir tierras al Gobierno que en aquel entonces estimulaba la inversión en agricultura para fijar a las poblaciones locales, hasta entonces mayoritariamente nómadas. Y se las dieron. Primero 14 y luego 46, lo que suman 60 hectáreas.

Las tierras de Nereo están a unos cinco kilómetros del río, del que se aprovisiona de agua a través de unos canales. Da gusto visitar su finca, en la que cuenta con una veintena de empleados según la época. Además de las siete hectáreas de plataneras que cuida con mimo, su tierra produce melones, sandías y frutales como mangos, mandarinas, limones, naranjas y pomelos. Y fue hace cinco años, en 2007, que se trajo las cabras.

"Quería hacer queso tierno, estilo canario, y me traje 64 cabras vía Mauritania". Algunas murieron, otras dieron crías y algunos machos los vendió para ir mejorando la raza senegalesa. En la actualidad le quedan 50, treinta adultos y veinte baifos. "Los animales están bien, aunque sufren mucho en la época de hivernage (entre julio y octubre aproximadamente, la estación de las lluvias) porque les sienta mal el calor húmedo. Las cabras aguantan mejor el calor seco", añade.

No produce mucho queso, aproximadamente un kilo al día que vende a unos diez euros a un establecimiento hotelero y a una carnicería de su querida Saint Louis, pero algo es algo.

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Me gusta vivir aquí", confiesa. Hay valores tradicionales que para mí son importantes y que en Occidente se están perdiendo, como la autoridad en el seno de la familia o la hospitalidad. En Europa tienes la sensación de que la gente se estorba, ni se mira", añade Nereo. "Pero lo que me ha hecho quedarme 23 años es la sensación de que estoy haciendo cosas que aportan a los demás".

Entrevista publicada en La Provincia

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Junio 19, 2012

34 horas de guagua y... ¡Bienvenidos a Bamako!

Desde hace tiempo tenía la intención de ir desde Dakar (Senegal) hasta Bamako (Malí), unos 1.100 kilómetros, por carretera. La otra opción, el avión, costaba unos 400 euros y en guagua un poco menos de 40. La diferencia de precio, como pueden ver, era insalvable. Así que preparé mi mochila y me presenté en el punto de partida, junto al estadio Leopold Sedar Senghor de Dakar. En un principio mi idea era ir por Kedougou, pero a última hora y por consejo de Bouba, un buen amigo maliense que ha hecho este viaje varias veces, me incliné por ir directo desde Tambacounda hasta Kayes, la ruta tradicional.

Esta historia comienza el domingo a las ocho y media de la noche. La empresa de transportes me había dicho que en 24 horas estaría en Bamako. Pero estas cosas, en África, no hay que creérselas nunca. En realidad, la pregunta más estúpida que se puede hacer es en estos casos es "¿a qué hora llegaremos?". Pero como uno no acaba de aprender, la hice. Y ellos, acostumbrados a tratar con tubabs (blancos) imprudentes, responden lo que queremos oir. "Pues 24 horas". Pero ellos saben y yo sé que eso dependerá de muchas variables difíciles de calcular a priori, como luego se pudo comprobar.

Dado que soy un maestro en el arte de la previsión, no llevaba nada de comida ni bebida para un viaje de al menos un día. Menos mal que la guagua no salió puntual (¡albricias, qué sorpresa!) y tuve margen para comprar dos botellas de agua Kirene y cinco paquetes de galletitas Biscrim, a razón de cuatro por paquete. Digo las marcas a ver si hay suerte, me patrocinan el próximo viaje y lo hago en avión aunque sea llevando más logotipos en la camiseta que Jesús Calleja subiendo al Anapurna.

La entrada a la guagua ya no presagiaba nada bueno. Los maleteros de debajo se llenaron en un plis plas y ahí estaba toda mi gente agolpada junto a la puerta intentando entrar cargada de variopintos cacharros. Aquello parecía un mercado. Cuando al fin logro entrar, el paisaje dentro del bus era para mear y no echar gota. El pasillo estaba ya repleto de bultos que iban desde bidones llenos de agua (¿para qué se llevan agua de un país a otro?, me preguntaba yo) hasta hatos de ropa, platos de comida, una perola gigante, cajas, sacos de arroz y carbón... En fin, de todo. Al menos no había animales vivos, como en mi último viaje a Podor.

Tras pasar por encima de aquel mercado persa logré encontrar un asiento. A mi lado, el joven Mohamed Cámara, un chico de padres malienses nacido en Senegal que no había viajado nunca al país de sus ancestros. Iba a ver a su familia por primera vez. Estaba nervioso y nos fuimos haciendo amigos con el paso de las horas. El motor se puso en marcha sobre las nueve y media y, tras parar a echar gasoil, seguimos rumbo hacia el sur.

La primera parada, Kaolack. Serían las dos de la madrugada. Todos teníamos ganas ya de estirar las piernas. Yo iba embutido entre Mohamed, la maleta del chico que estaba al otro lado del pasillo y dos garrafas de agua de la señora que iba delante de mí, la Mama la llamaban todos, una hermosa señora africana que ocupaba su asiento y medio pasillo. La parada, en la que se subió más gente comprimiendo aún más el espacio, duró más de una hora. Bultos van, bultos vienen. Al menos pudimos bajar y coger un poco de aire. Sobre las tres, seguimos ruta.

Casi todos nos adormilamos un poco. Yo veía cómo a los demás se les iba cayendo la cabeza para todos lados y a mí me debió pasar lo mismo. En una ocasión, la Mama casi se desnuca y se abalanza sobre el que estaba al otro lado del pasillo. Así, entre bache y bache, cuando me vine a dar cuenta ya habíamos pasado Tambacounda. Eran las seis y media de la mañana, había amanecido y el chófer decidió hacer una nueva parada. Casi todos aprovecharon para desaguar, lavarse un poco, sacar sus alfombras y rezar.

No conocía esta parte del país. Es Sahel en estado puro. Tierra seca, arbustos y árboles aquí y allá. La carretera, no en demasiado mal estado, sigue paralela a la vía del tren que une a Dakar y Bamako. Lo más notable fue un amplio grupo de babuinos que miró pasar la guagua con curiosidad. Sobre las 10.30 llegamos a Kidira, el pueblo senegalés a este lado de la frontera.

Ahora la parada era obligatoria: el puesto de policía para controlar pasaportes. Aproveché para ir al baño. Como diría un buen amigo, "si aquí no te coges una enfermedad debe ser porque ya estás muerto". Tenía hambre, ya me había comido dos paquetes de galletas pero era lo único desde el mediodía del domingo. Fuera del puesto policial había una señora haciendo bocadillos. Ñam, ñam. Después de que se me colaran dos africanos (suele pasar, al tercero que lo intentó ya me puse torero), pedí uno de brochetas de carne, con una especie de papas en salsa. La duda me asaltó cuando me preguntó si le echaba mayonesa, un bote abierto que tenía allí a 35 grados de temperatura. Dije que mejor no. Picante tampoco. Una diarrea justo ahora era el peor de los escenarios posibles.

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Una horita de espera y prueba superada. Cruzamos un puente y ya estábamos en Malí. Pero lo peor estaba por llegar: nos aguardaba la Aduana maliense. Tocaba bajar y sacar todos los bultos del maletero. Juas. La gente empezó a hacerse la remolona, como era de esperar. Y el funcionario encargado de revisar que no entraba nada de contrabando (buscan sobre todo telas que deben pagar un canon) se enfadó. Volvió a su oficina y el chófer tuvo que ir a convencerle. Todo esto es un show, claro, de lo que se trataba era de morder algo. Algunos pasaron por caja. De manera aleatoria. Primero los maleteros de un lado; luego los del otro. Y yo allí, el único blanco, intentando pasar desapercibido.

Dos horas nos tuvo el buen señor y la gente bajando bultos, abriendo bultos, enseñando bultos, cerrando bultos, subiendo bultos. Cuando por fin termina la odisea, toca volver a parar en el control de pasaportes. Otra media hora. Y unos kilómetros más adelante, en el control militar antes de la ciudad de Kayes, luego en la estación de buses de Kayes (baja gente, sube gente) y en el control a la salida. A todo esto se nos hicieron las cuatro de la tarde, más de cinco horas para hacer 50 kilómetros. Cae el cuarto paquete de galletas y una bebida naranja con sabor a chicle que me vende un niño a 1,6 euros.

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El calor empieza a apretar de verdad. Si está parada, dentro de la guagua no se puede estar. Sudamos a mares, las gotas me caen de la nariz y me empapan la camiseta. Cuando está en marcha, la cosa cambia porque entra aire fresco por las dos aberturas del techo. Afuera el paisaje es precioso, casi marciano. Hay un campo de baobabs maravilloso, parecen gigantes con los brazos abiertos. Unos están secos, otros llenos de hojas.

Todos empezamos a estar muy cansados. Van casi 24 horas de viaje y todavía nos queda un buen trecho. De repente, la carretera desaparece. ¿Dónde se ha metido? La guagua se adentra entre los arbustos siguiendo una pista de tierra y empezamos a dar botes. Como tiene que ir muy despacio, el calor vuelve a hacer estragos. Sudamos como pollos y no nos podemos mover entre los bultos. Unos niños que están quemando ramas y hierbas nos saludan. Están preparando la tierra para la próxima cosecha. Se hace de noche, la segunda noche a bordo.

A partir de aquí, todo es más confuso. Hay al menos dos paradas más. En una de ellas, creo que fue en Diéma, me compro 90 céntimos de dibi (cordero de brasa). Está bueno. Lo devoro con mi amigo Mohamed, que me ofrece agua fresca. Pego la hebra con una chica marfileña que va a Bamako y luego a Ghana. Pertenece a una asociación protestante llamada Juventud en Misión. Y me aclara: "Esto no pasa en todos los países africanos. En Ghana hay buses hasta con aire acondicionado y se respeta más al pasajero. Aquí si no te espabilas acabas viajando con tu equipaje sobre la cabeza". Me hace gracia la imagen. Son las dos de la madrugada.

Cuatro horas más tarde llegamos al puesto de control de entrada a Bamako. Ya ha amanecido, pero somos los primeros en cruzar. Bajamos a estirar las piernas mientras nos revisan, por enésima vez, los pasaportes. Un soldado me atisba a lo lejos y viene para mí directo. Pienso "ya la cagamos, a ver qué quiere". Me saluda con amabilidad, lo cual es aún más inquietante, me pregunta por mi nacionalidad y me dice, con una sonrisa, "tengo algo para ti". Y saca de su bolsillo una chapa con el retrato del capitán Amadou Sanogo, el jefe de la junta militar que dio un golpe de estado el pasado 22 de marzo. Me hago el bobo. "¿Y este quién es?", le pregunto. "Es nuestro héroe", me responde. Y me lo pone en la mano. "Es para ti, un souvenir". Le saco 500 francos (menos de un euro), pero me dice "no, 500 es por el pequeño" mientras saca una chapita más chica, "este son mil". Lo pago, me da las gracias y se va. Respiro aliviado cuando le veo alejarse.

sanogo.jpgEstamos en Kati, a una docena de kilómetros de la capital, donde se encuentra el cuartel de donde partió el golpe de estado y centro neurálgico de operaciones de los golpistas. En la siguiente parada, los militares vuelven a pedir pasaportes y ahora también certificados de vacunación. Mohamed, mi compañero de asiento, no tiene. Baja y lo arregla con unos cuantos mil francos CFA. Está enfadado. "Bienvenido a Malí", le digo. No le hace gracia la broma.

Pero ya está. Treinta y cuatro horas después de salir de Dakar, sobre las siete y media de la mañana del segundo día, llegamos al fin a Bamako. El paisaje antes de entrar a la ciudad reconforta. Tierra roja y un manto verde que empieza a surgir después de las primeras lluvias de la temporada. Cansados, sucios, con dolor de cabeza (varios me piden Ibuprofeno y me quedo casi sin tableta), con el culo cuadrado, pero satisfechos de llegar a destino. En cuanto me instalo en casa de un amigo y me pego una ducha me dispongo a trabajar un poco. Pero no hay internet porque ha habido un corte de luz, el enésimo según me cuentan. "Bienvenido a Malí tú también", pienso con amarga ironía.

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Abril 18, 2012

Mucho más que un golpe de estado

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Bissau es una ciudad con alma. No sé si son sus decrépitos edificios del tiempo de los portugueses, esa pereza del tiempo que en lugar de pasar se desliza en las reuniones improvisadas en las puertas de las casas o la sonrisa despreocupada y a la vez calurosa de sus habitantes. Yo vengo de Dakar, una ciudad más hostil, más agresiva, de perfiles cóncavos y convexos, en donde pagas un precio cotidiano por tu condición de blanco que no te permite bajar la guardia. En Bissau no, aquí los taxistas te devuelven el cambio si te equivocas pagando y hay cantinas cada 50 metros. Bissau es africana y es latina a la vez.

Pero no estoy de vacaciones ni he venido a pasearme. El jueves pasado, los militares de Bissau se echaron a las calles con sus AK-47 del año de Matusalén, sus granadas y sus bazookas, le metieron dos pepinazos a la casa del primer ministro, se lo llevaron detenido junto con el presidente y proclamaron la santidad de su rebelión alegando un supuesto peligro de intervención del Ejército angoleño en su suelo patrio. Desde entonces, Bissau está un poco más triste, un poco más callada, un poco más silenciosa. Y por las noches, como hay toque de queda, las tiendas cierran a las nueve y las calles se quedan a oscuras, un poco más de lo normal. Es como si la ciudad entera se apagara.

¿Y ahora? El problema no es el golpe de estado en sí mismo. ¿Qué es un golpe de estado en realidad? Varios días de agitación y vuelta a empezar el carrusel de siempre con caras nuevas saliendo en la televisión. El problema, entre otros muchos, es la pobreza y el analfabetismo. El problema es que los profesores de este país no tienen ni la Primaria y los niños van a clase por turnos porque no hay hueco para todos. El problema es que la élite política y militar se ha enriquecido durante años sin dar cuentas a nadie mientras la gente sobrevive a duras penas. El problema es que el Estado ni está ni se le espera.

Ahora vendrán días o semanas de condenas internacionales, anuncio de sanciones, declaraciones altisonantes que hablan de democracia y libertad cuando, en realidad, la democracia aquí es como la electricidad, hay poca y se corta a cada rato. Y todo el mundo lo sabe y todo el mundo mira para otro lado. El problema no es el golpe de estado. El problema, entre otros, es que el primer ministro es, a la vez, el dueño de toda la gasolina, de los bancos, de la mitad del comercio. El problema es que "¿y de esto cuánto me llevo yo?" es la pregunta más escuchada en los ministerios. El problema es que, de repente, un día, sin previo aviso, el Ejército te corta un tramo de carretera para que aterrice un avión cargado de cocaína rumbo a Europa. Y no pasa nada, la vida sigue.

Un golpe de estado es una putada, lo mires por donde lo mires. Más en un país donde cada vez quedan menos embajadas internacionales, donde no se sabe muy bien hacia dónde se avanza, en el caso de que se avance, que ahora se ha convertido además en el teatrillo de la rivalidad regional de otros países que juegan sus cartas como si esto fuera un casino. En los próximos días intentaré radiografiar este golpe de estado, darles algunas claves para entender lo que está pasando en Bissau. Necesito tiempo para entenderlo yo mismo, para digerirlo. De momento, sólo me alineo con la frustración de asistir al último zarandeo al que se somete a un pueblo que ni se lo ha buscado ni se lo merece y que está harto de mangantes, tanto si llevan uniforme como si no. Saludos desde esta trastienda del mundo que sigue sin salir en los medios porque no hay elefantes que cazar ni terroristas con los que alimentar el miedo universal.

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Abril 13, 2012

Las casualidades no existen

seydi1.jpgSe llama Cheikh Omar Seydi. Estudió filosofía en la Universidad Cheikh Anta Diop de Dakar, pero desde hace ya unos cuantos años se inclinó por el periodismo. Negro, de etnia balante por parte de madre y peul por parte de padre, delgado, más bien bajito. Cuando lo vi por primera vez hace unos días en un restaurante de Kolda vestido con su ropa de colores chillones no podía ni imaginar que su vida y la mía ya se habían cruzado una vez.

Lo conocí de casualidad. Aunque como bien me dijo luego el propio Seydi metido en su lado más filosófico, "le hasard n'existe pas, mon frère". Yo había ido hasta Kolda para escribir una serie de reportajes sobre la crisis alimentaria y, estando allí, me habían recomendado el chez Koumba por la calidad de su carne. Al final resultó que este restaurante me guardaba una sorpresa mucho mejor que sus excelentes brochetas. Era de noche. Sentado en una silla de plástico en la calle para combatir el intenso calor, él bebía una cerveza. Nada más llegar, me lo presentaron. "Mira, este es Seydi, periodista igual que tú". Cuando me dijo que era el corresponsal en Kolda del periódico Sud Quotidien desde hacía siete años, se me encendió una lucecita por algún lado.

"¿Tú no habrás escrito en 2007 un artículo sobre el naufragio de un cayuco en el que viajaban jóvenes de Kolda?", le pregunté. Entonces Seydi me miró orgulloso y, tras darse unos segundos de suspense, respondió. "Claro que sí. Y lo recuerdo como si fuera hoy, jóvenes de esta región que habían ido a buscar El Dorado". Y comenzó a recitarme el contenido de aquella noticia que había escrito cuatro años y medio atrás.

Aquella nota periodística, que yo leí por Internet en octubre de 2007, fue el primer contacto que tuve con un naufragio que me llevó hasta el sur de Senegal y luego se convirtió en el libro Los Invisibles de Kolda, que publiqué con fotos de Magec Montesdeoca en 2009. Cuando le conté, Seydi no se lo podía creer, no sabía nada de hasta dónde había llegado su artículo. Y se emocionó. Me dijo, "tenemos una gran responsabilidad con nuestro oficio, Pepe, siempre ser rigurosos, siempre contar la verdad, nunca sabemos hasta dónde va a llegar una historia". Y yo asentía, emocionado también.

Pasamos una noche increíble, charlando y charlando. Y al día siguiente volvimos a vernos. Él me dio detalles que yo no conocía, como que el organizador del viaje (personaje que aparece en el libro y que iba pueblo por pueblo recabando candidatos al cayuco en una motocicleta) había acabado en prisión precisamente porque Seydi lo había denunciado a la policía; y yo le di detalles que él no conocía, como que había un joven que no subió a la patera porque estaba demasiado llena y que gracias a ello pude recuperar la fecha exacta de la salida del cayuco.

Intenté por todos los medios transmitirle a Seydi lo importante que era para mí haberlo conocido. Le dí las gracias una y mil veces por haber escrito aquel artículo, por haber contribuido a que esta historia oculta de la inmigración clandestina saliera a la luz, por haber iniciado un camino que yo retomé para poner rostro y nombre y apellido a este drama que sufren casi siempre de manera anónima miles de jóvenes africanos, por su compromiso con la verdad y con el periodismo. Aquella noche le prometí que escribiría un artículo sobre nuestro encuentro. Está mi promesa cumplida. Y él se comprometió a hacer lo mismo. Veinticuatro horas después, lo tenía en mi correo electrónico y a continuación lo reproduzco. Les dejo con Cheikh Omar Seydi, un grande:

DEUX JOURNALISTES, UN DESTIN

Kolda 02 Avril2012. En cette période très ensoleillée, un seul roi règne au fouladou : la canicule, 43à 44 degrés à l'ombre tous les jours jusqu'à la tombée de la pluie. Une chaleur suffocante m'étouffe chez moi malgré la forte ventilation intra domiciliaire. Je décide alors d'aller faire les cent pas. Il est 20h30 au restaurant Koumba Baldé. Que peut-on faire sinon que prendre de la boisson fraiche et palabrer avec les connaissances, histoire d'égayer les sens très mis à mal par la furie de la température tropicale. Entre ces moments de lutte contre la canicule avec une gazelle bien fraiche survinrent trois silhouettes de race blanches : deux femmes Carlota et Maimouna bien familières. Le troisième est un homme d'une quarantaine d'années. Après les salamalécs d'usage, Carlota passe à la présentation bien sur après m'avoir invité à regagner leur table. Ce que j'accepte avec un énorme plaisir puisque c'est pour moi un autre moyen de soulager ma conscience torturée à la fois par la chaleur, la réflexion et les grands défis qui assaillent mon pays. Je découvre aussi mon hôte du jour : José Naranjo alias PEPE. La barbe bien fournie, homme svelte, chaleureux et particulièrement attachant. Un humaniste tout court.

De fil à aiguille la discussion s'installe et s'intensifie sur fond de philosophie . nous nous découvrons mutuellement. En fait, Pepe est journaliste espagnol alors que son vis-à-vis est journaliste sénégalais. Et la particularité est que les deux grattes -papiers ont écrit sur le même mal : l' immigration clandestine et ses conséquences.

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C'est donc la rencontre de l'homme du Sud et celui du Nord. Ah ! le sud et le nord ! C'est-à-dire le point de départ et le point de chute des migrants. Et dans ce sillage Pepe mon confrère et plus que frère a écrit un livre intitulé :les invisibles de Kolda ,tandis que Cheikh Omar Seydi lui avait fait un long papier en Avril 2007 sur les 140 jeunes du Fouladou qui ont péri en haute mer.

Engloutis à jamais par l'océan à cause de cette recherche effrénée de l'eldorado Espagnol. Un eldorado imaginaire !fictif, qui, pour ces morts n'en sera jamais et à jamais un. Quel gâchis !

Cependant la responsabilité est collective. Gouvernants du sud et du nord ont la plus grande part de responsabilité. Il faut assumer. Et, travailler fondamentalement à éviter d'autres drames.

Ceci en créant des emplois pour retenir les jeunes dans leurs terroirs . Car il n'existe d'eldorado que de mirage. L a vie est belle partout et difficile partout .Mais que chaque jour est une vie. Il faut donc travailler à la beauté des choses ,c'est la seule clé du succès .Cela nous parait plus cohérant et plus pertinent que ces nombreux plans sans résultat :Frontex ou autres... Encore que les migrants eux même une fois aux pays ne tiennent pas forcément un langage de vérité à leurs frères restés sur place. Quel dommage !

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Marzo 26, 2012

"Sólo una brisa ligera..."

Anoche me acordé de una frase genial: "Cuando soplan vientos de cambio, algunos levantan muros; otros construyen muros". Y me acordé porque en Senegal hace tiempo que soplan vientos de cambio. Hasta el propio Wade lo sabía porque hace sólo unas semanas, en medio de lo más duro de las manifestaciones contra él que costaron la vida a al menos ocho personas, aseguró que estábamos ante "sólo una brisa ligera que nunca se convertirá en huracán". Sus desafortunadas palabras se convirtieron en el mejor símbolo de un poder que no quería escuchar a su pueblo.

Wade, quien tuvo la oportunidad de salir por la puerta grande de la historia, tuvo que sufrir anoche la humillación de verse ampliamente derrotado en las urnas. La brisa ligera acabó por tumbar el muro de su tozudez, quizás porque este gigante tenía los pies más de barro de lo que muchos pensaban. Ni siquiera su llamada para felicitar a Sall le exonera de la culpa.

Anoche un pueblo salió a la calle. Y nadie le lanzó gases lacrimógenos ni le mandó a un camión de policía para que embistiera a la gente. Ni les dispararon con balas de goma ni hubo muertos que lamentar. No. El muro ya había caído. Anoche todo era gente gritando y bailando y cantando. Fue un inmenso suspiro de alivio el que recorrió a todo Senegal, pero también la expresión más alegre de un pueblo que estaba harto de un presidente y quería verlo partir.

No lejos de Dakar, en la vecina Malí, un grupo de militares protagonizaba hace tan solo unos días un golpe de estado. Y en su frontera sur, en Guinea Bissau, viven el sobresalto de un proceso electoral interrumpido por denuncias de fraude. El hambre recorre el Sahel y Guinea Conakry y Costa de Marfil salen a duras penas de violencias y destrucción. El contexto no es el mejor, pero Senegal ha demostrado esta noche que la democracia sí es posible en África y que un pueblo puede cambiar a sus gobernantes de forma madura y responsable si le dan la oportunidad de hacerlo.

Macky Sall tendrá ahora que administrar con sabiduría tanta alegría. No podrá olvidarse de este pueblo orgulloso y dispuesto a darlo todo por su democracia y su república, ni de quienes le han conducido hasta la victoria, sus aliados y amigos. Ni siquiera podrá olvidarse de sus enemigos. Todas las miradas estarán puestas en él. Anoche, en su primera intervención ante la prensa tras la victoria, dijo algo importante: corre un "aire nuevo" en Senegal. Pues bien, lo que Senegal espera de él es que aprenda la lección, se deje de muros y construya molinos. Muchos molinos.

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Marzo 20, 2012

Un fantasma que no sabe de fronteras


Hay lugares en el mundo donde basta un año de poca lluvia para que millones de personas se tengan que enfrentar cara a cara con la muerte. Viven tan en el alambre que basta una mala cosecha, un tropiezo meteorológico, una plaga de langosta, para que la vida derrape y los niños del pueblo, ya malnutridos y escasos de defensas, empiecen a morir por una diarrea, una infección, una malaria. El hambre tiene mil caras y ninguna de ellas es amable.

Hay una frase del gran poeta y expresidente de Senegal Leopold Sedar Senghor que dice: "En África no hay fronteras ni siquiera entre la vida y la muerte". Estos días en los que un fantasma llamado hambre recorre de nuevo el continente de este a oeste me viene de forma machacona a la cabeza, porque es justo en ese lugar impreciso de bordes indefinidos entre la vida y la muerte donde se mueven, hoy mismo, millones de personas cargadas de niños que tienen ante sí el reto de llegar hasta la próxima cosecha, allá lejos, al final del próximo verano.

Lo han dicho por activa y por pasiva las agencias humanitarias. Desde finales del pasado año comenzaron a advertirlo. Los pastores del Sahel comenzaron su trashumancia mucho antes de lo previsto por la falta de pastos para el ganado, los índices de malnutrición infantil se dispararon, los precios de los alimentos básicos (ah, el inefable mercado) empezaron a subir y unos veinte millones de personas ya hacen menos comidas al día o incluyen menos carne o pescado en su dieta porque no tienen dinero para pagarlo. Y mucho antes que las ONG, ya el verano pasado tras concluir la época de lluvias casi sin lluvia, los viejos campesinos desde el Chad hasta Senegal lo pronosticaron: este año va a ser difícil, muy difícil.

La mayor parte del tiempo me apetece hablarles de otra África, de un continente que pese a todo sale adelante. Pero cómo mirar para otro lado, cómo meter la cabeza en el agujero cuando el hambre ha venido a tocar bajo el alfeizar de mi ventana, cuando, aquí en Senegal, el país donde vivo, en regiones como Kolda, Matam o Tambacounda, hay cientos de miles de personas tocadas por ese fantasma que ha venido a visitarles. En los próximos días, una vez pasen las elecciones, este país declarará de forma oficial la emergencia humanitaria como ya lo han hecho Mauritania, Malí, Níger, Camerún, Burkina Faso o Chad. Pero el hambre ya ha empezado a atacar porque no sabe ni de fronteras ni espera por declaraciones oficiales.

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Febrero 26, 2012

Toda una lección



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Este domingo por la mañana, una mujer senegalesa de mediana edad acudía a votar a su colegio electoral. Una a una, iba recogiendo sus papeletas con las fotos de los candidatos. Cuando llegó a la de Abdoulaye Wade, siguió de largo. El representante del PDS en la mesa se levantó y le dijo: "Tiene que coger todas las papeletas y luego elegir detrás de la cortina". Y ella le respondió "No, yo a ese señor no lo quiero ver más".

Esta mujer de mediana edad es la que este domingo ha enviado un mensaje al mundo. Allí donde las piedras y la quema de neumáticos fracasaron, el anónimo pueblo senegalés ha logrado una victoria. Mientras ciertos candidatos de la oposición, divididos e incapaces de movilizar a buena parte de la sociedad, se tropezaban una y otra vez con la policía que les impedía acceder a la plaza de la Independencia, los ciudadanos anónimos rumiaban su hartazgo en silencio, esperando la hora de pronunciarse para decir, alto y claro, que esta plaza sólo era un símbolo y no era Senegal en su conjunto y que la hora del retiro de este anciano que ha estado a punto de conducir a este país al desastre había llegado.

Aún es pronto para cantar victoria y no se puede olvidar que estamos ante un viejo y habilidoso zorro de la política, capaz de liarla en el último momento. Pero a estas alturas parece claro que Wade no ha ganado en primera vuelta y no ha alcanzado siquiera el 40% de los votos (a tenor de los resultados, aún parciales), lo que le sitúa ante el más que probable escenario de una segunda vuelta en la que tendrá difícil salir reelegido. El pueblo senegalés no ha perdonado a Wade su intento de forzar la Constitución. Y si ahora se estuviera cocinando una manera de torcer la voluntad de este pueblo no quiero ni pensar cuáles serían las consecuencias.

Otra cuestión es a quién tendrá enfrente. Durante la campaña, la caravana de Wade se cruzó varias veces con la de Macky Sall. En una de estas ocasiones, los periodistas preguntaron a Wade que cómo había visto a su ex primer ministro y ahora rival. El Viejo respondió con una 'wadería': "Veo que ha ensanchado en estos años", haciendo un expresivo gesto en referencia a la cintura de Sall. Lo que Wade no podía imaginar es lo mucho que había ensanchado. Macky Sall lleva cuatro años en campaña, recorriendo los pueblos y ciudades de Senegal, trabajándose cada voto como si fuera el decisivo. El que llevó en volandas a Wade a su segundo mandato en 2007 (fue su jefe de campaña) guardaba su as en la manga. Por eso ha llegado hasta aquí, por confiar en su propia capacidad y en la democracia senegalesa.

El único regusto amargo es que Macky Sall, el más que probable rival de Wade en segunda vuelta, no representa, en absoluto, un cambio real respecto a lo existente. Procedente de la órbita liberal como su antiguo patrón, Sall está lejos de abanderar un cambio de modelo para Senegal. Las opciones progresistas, divididas y enfrentadas, tendrán que atravesar su particular travesía del desierto para volver a intentarlo dentro de siete años. Pero da igual. Porque ayer no ganó Macky Sall, ayer ganó el pueblo senegalés que ha dado una lección de democracia y ha demostrado al mundo que África no tiene por qué ser ese lugar oscuro de machetes y golpes de estado, guerras y violencia, incrustado en el imaginario europeo como si fuera una maldición. Las urnas han salvado al final a Senegal. Al menos por ahora.

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395680_332126443487820_1077072826_n.jpg />José Naranjo
Cuando los jóvenes africanos van a emigrar hacia Europa, se hacen con un amuleto para ser invisibles y poder así cruzar las fronteras y el mar sin ser vistos. Este blog intenta romper ese conjuro, hacer visibles a quienes mueren en el intento de llegar a nuestras costas tras un naufragio o se quedan para siempre en medio del desierto; a quienes consiguen llegar y hacen los trabajos que no quiere nadie, pero a quienes, a la vez, les negamos todos los derechos; aquellos que se esfuerzan por integrarse y casi nunca salen en los medios de comunicación.
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